PSUV: NO ES SERIO ESTE CEMENTERIO
Abril 12, 2008 | Marcos Villasmil
Dice el francés Maurice Duverger, en su celebrada obra “Los Partidos Políticos”, que una de las cosas que marca para siempre a una organización política son los avatares fundacionales. La forma en que se establecen al inicio las complejas redes de intercambio, debate, acción y reacción que caracteriza a una institución partidista, determinará en buena medida su futuro.
El líder del nuevo partido militar-chavista, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Hugo Chávez Frías –y ninguno más, porque a esta altura nadie se chupa el dedo pensando que el PSUV posee una estructura decisoria colectiva- ha dicho su palabra, siguiendo el deseo de la masa de delegados reunidos en asamblea y gritando atronadoramente:”Lo que diga Chávez”. Nunca en la historia patria se ha visto con tanta desnudez la desventura de un grupo de compatriotas convertidos en masa, embriagados de amor por el caudillo. Nos señala Ortega y Gasset que el hombre masa es aquel que sólo se reconoce con derechos, ávido de usar y de gozar las cosas que no sólo no sabe crear sino que no conoce. En política, el hombre-masa es un depredador incansable. Nace el PSUV como una organización reaccionaria. La ideología y pensamiento que dicen seguir nos lleva a teorías desarrolladas el siglo XIX, y que la realidad del siglo XX se encargó de destrozar. Además, surge bajo impulsos imitadores del partido comunista cubano, al cual si algo lo ha caracterizado es su incapacidad teórica. Nadie recuerda algún aporte fidelista a la teoría socialista; en cuanto a praxis totalitaria, los resultados están a la vista.El PSUV es también un partido-fetiche. Respira y anda gracias a la idolatría a Hugo I. Como Chávez es militar, por ello la estructura organizativa es un fiel reflejo de esta naturaleza. En vez de dirección nacional, líder único; en vez de grupos de base, batallones. “Lo que diga Chávez” es una frase funesta que recuerda los peores momentos de cualquier caudillismo, expresados muy bien en esta oración del periodista norteamericano Sydney Harris: “Creemos lo que queremos creer, lo que deseamos creer, lo que conviene a nuestros prejuicios, y alimenta nuestras pasiones.” En este ideario se resume la visión de la realidad de estos supuestos progresistas. Como en el viejo dicho español, lo que dice Chávez, “va en la misa”. Nos dice la teoría que un partido democrático descansa en una dirigencia colectiva, limitada por la cultura política prevaleciente en la organización, por unos estatutos que reflejen en mayor o menor medida formas de participación colegiada o plural en las decisiones, y por prácticas adecuadas de consulta a la base. En suma, todo aquello que permita a un militante sentirse copartícipe de una acción en la búsqueda del bien común nacional. Que la forma de escoger la dirigencia sea meritocrática o crudamente caudillesca determinará si el partido es un partido democrático, reflejo de una voluntad colectiva, o un mero instrumento para satisfacer la voluntad de un caudillo. Al contrario de los autoritarismos, la gran novedad que introduce el orden democrático en una sociedad es que ha de ser creado entre todos, ya que una democracia auténtica es la disolución, el rechazo de todo caudillismo. Lo que destaca a los militantes de una organización ciertamente democrática es el predominio de las responsabilidades sobre los privilegios, además de un claro sentido de comunidad de intereses y de metas, donde el diálogo es el signo claro de todos los intercambios. Por ello, en democracia, las legitimidades no son eternas.Hace un par de años, en diversos trabajos publicados en páginas favorables al gobierno chavista, se definían cuáles eran los errores y carencias antidemocráticas que deberían evitarse en el (entonces) futuro partido revolucionario; destacan sobre todo: 1.El Monopolio exclusivo de las nominaciones. 2. El control sobre los representantes elegidos. 3. El clientelismo dispensador de privilegios. 4. La transmisión acrítica de los principios doctrinarios del partido. Toda la riqueza del debate ideológico queda reducida a las decisiones que se tomen en los cenáculos del poder. (“Hacia el Partido Único: Incógnitas y Propuestas” - Martín Guédez, en www.aporrea.org, 30 de noviembre de 2006).
Exactamente lo que ha ocurrido y está ocurriendo en el PSUV. Si hay algo de lo que nunca podrán ser acusados los dirigentes del PSUV es de colocar a los principios por encima de los beneficios.
Estos señores no aprenderán nunca; se las han arreglado para profundizar los errores de la organización revolucionaria anterior, el Movimiento Quinta República (MVR). Este partido nació, siempre por órdenes de Chávez, como una organización “electoralista y personalista” (Gunther & Diamond, “Types and Functions of Parties”, Johns Hopkins, Baltimore, 2001), un simple vehículo electoral para el caudillo, cuya propuesta descansaba fundamentalmente en el carisma de su líder único, y cuyo principal eje organizacional se construyó con base en las cadenas clientelares vinculadas al gobierno. Fue el primer intento de crear un Partido-Estado.
Muchos partidos venezolanos han copiado, cada uno a su manera y conveniencia, el estilo autoritariamente leninista de organización, sin pluralismo real, sino con un orden vertical, donde incluso –como especialmente en el PSUV, sino pregúntenle a Ameliach, a Tascón, o a Wilmer Azuaje- está consagrado el delito de opinión. En muchas de esas organizaciones de nuestro pasado había, al menos, un cierto cuidado de las apariencias, o áreas de actuación donde existía cierta libertad. En el PSUV, o más bien el PUCH (Partido Único de Chávez, que ése debiera de ser el nombre verdadero) nada que ver. Algo que marcará para siempre al PUCH-PSUV es que su primer acto público, incluso antes de su fundación formal, fue expulsar o amonestar a quienes mostraron un mínimo de discrepancia. Ameliach y Tascón aprendieron en carne propia que una cosa es el orden, necesario en toda organización, y otra distinta la quietud y el silencio, propio de organismos totalitarios y de cementerios políticos, repletos de caídos en la lucha sin timideces por recibir los mendrugos que suministre según su real deseo el poder, es decir, el líder único. De hecho, ello determina que el PSUV nace de un acto de corrupción colectiva. El despotismo siempre encuentra maneras despóticas de acción.
En esa pelea a muerte reciente por el liderazgo del PSUV, quedaron muchos cadáveres de viejas historias, en esta ya larga década chavista. ¿Quién se acuerda hoy de Lara, de Luis Alfonso Dávila (fue canciller, ministro del Interior y presidente del viejo Congreso), de Tarek Saab? ¿Qué pasó con Arias Cárdenas, con Barreto, y Diosdado Cabello (acusado de ser el jefe de la “derecha militar infiltrada”), hoy mero suplente de la directiva? En cambio fueron premiados aquellos que en los medios del Estado más vacunamente han mostrado su adherencia al Verbo del Líder: Mario Silva, Vanessa Davies, Aristóbulo Istúriz. Toda una galería de intelectuales, líderes populares y próceres de la patria. Los partidos no suelen tomar muy en serio el talento de sus afiliados, pero lo del PSUV es de campeonato. “Lo que diga Chávez”. Lo malo de las frases lapidarias es que se hacen para adornar lápidas; al PSUV, apenas nacido, ya le prepara la realidad una mortaja adecuada.
Dos hecho interesantes de esta primera elección de su dirección que deben ser destacados: los 69 pre-candidatos a formar parte de la directiva, acto de selección previo a la votación de los delegados, fueron escogidos a dedo por Hugo I (¿dónde queda toda la paja sobre la “democracia protagónica y participativa”?). En segundo lugar, como nuestra clara de que estamos en territorios de la antipolítica, los más votados son gente vinculada a la comunicación social. Una vez más, vemos a las claras esa enfermedad que desde hace años enfrenta la política venezolana: la sustitución de los liderazgos políticos por los mediáticos.
En un partido como el PSUV no hay convivencia en su maltrecha dirigencia, reconfortada en su pequeñez, y donde sólo existen cómplices del líder máximo, irresponsables manipuladores de una masa embriagada de robolución y que desea poner no sólo su porvenir, sino el de todo el país, al servicio de los caprichos de su jefe. Podrían haber creado un paraíso, y se conformaron con un infierno.
En los mensajes producidos por su directiva, no hay una sola palabra de acercamiento a la otra Venezuela, a la que diverge en su visión patria, o a los llamados independientes. Nada. Cero. Sus mensajes sólo buscan convencer a los ya convencidos. Y es que en esta puesta en escena tragicómica, los caracteres se definen menos por los valores que dicen defender (la palabrería hueca que surge a imitación de la que dice Hugo I, quien a su vez imita las viejas habladurías del joven Fidel) que por la textura moral de sus acciones y sus mensajes de odio.
Un ejemplo de su más ilustre militancia: Richard Peñalver es uno de los chavistas que las cámaras de TV mostraron el 11 de abril de 2002 disparando contra la marcha opositora, indefensa y desarmada. La justicia chavista lo liberó de culpa. Recientemente ha declarado, identificándose como “defensor y héroe de la revolución”, para indicar que esta última está tomada por la corrupción, por cúpulas que se suponen podridas y en medio de un cuadro de ingobernabilidad que aleja al pueblo. Eso lo dice este señor, no los supuestos agentes de la CIA infiltrados en Globovisión y Tal Cual. Se podrá decir que esto muestra divisiones de opinión, una cierta forma de pluralismo, en la institución. ¡Claro que hay disensos en el partido! pero es principalmente sobre la distribución de las recompensas del poder: por ello, los cuchillos siguen prestos a ser usados en cualquier momento. Y quien no está conmigo –con mis intereses pecuniarios, entiéndase bien, que los rigores de la militancia progresista deben ser recompensados- es un agente de la CIA, un lacayo del imperialismo. Esa fraseología hueca es lo que llena los intercambios verbales de Tascón contra Cabello, de Tarek contra Dávila, y así ad infinitum, en estas guerras civiles chavistas por los despojos del poder. El lema del partido tendría que ser: “¿cuánto hay pa´ eso?”
Para completar el despropósito, apenas realizado el congreso fundacional, algunos antiguos militantes de otros partidos de la órbita progresista (partidos que incluso se habían disuelto, siguiendo las órdenes de Chávez), decidieron abandonar esa periquera del PSUV, y volver a sus antiguos rediles. Hoy, asistimos al retorno del MEP, o vemos a los comunistas pidiendo cacao, rogando que se definan con tiempo las candidaturas a las elecciones regionales. ¿La respuesta dialogante del PSUV? Chávez ha dicho que quien se lance a destiempo –él, Chávez, es quien determina cuando es el momento- queda fuera de la casa común revolucionaria.
El PSUV, en suma, ha nacido como un partido-gueto, con un solo militante real, Hugo Chávez Frías, y miles de simpatizantes, jaladores, burócratas-cuida-puestos, neo-oligarcas e idólatras de variada ralea, todos ellos cadáveres insepultos en el porvenir nacional. No ocultan que su vinculación principal hoy con el pueblo-masa es clientelar: gracias al dinero de las misiones. El futuro del partido, siguiendo de alguna manera las palabras de Duverger, dependerá únicamente de la fortuna que le depare el destino a su fundador y único miembro verdadero. Parodiando la vieja canción de Mecano, el PSUV, herido de muerte ya desde sus albores, y ahíto del silencio de los sepulcros, no es ni siquiera un cementerio serio.
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